Para nosotros, los veteranos, salir de marcha no es lo que se entiendo hoy en día, era sencillamente salir a la montaña.
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Seguro que todos nos acordamos de aquella marcha en la que…, y añoramos aquellos años en que podíamos y queríamos cargar con el macuto y calzar las botas de siete leguas..
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En nuestros días, cualquier adolescente al que se le proponga salir de marcha pensará que se le ofrece una juerga más o menos desenfrenada, un botellón de fin de semana, un recorrido por las discotecas, pero, para nosotros, los veteranos, salir de marcha era otra cosa:
Más sencillamente, se trataba de salir a la montaña.
Porque, aunque no pueda entenderlo el adolescente mencionado, no teníamos ni aparatos de música, ni videojuegos, ni nos apasionaban tanto el futbol y la tele que no fuéramos capaces de olvidarlos para acudir a la convocatoria con el uniforme y la mochila al hombro.
Las convocatorias se clavaban en el tablón de anuncios del Hogar (ni guasap ni correos) y, a partir de ese momento, la ilusión se despertaba in crescendo. No hacía falta que nos insistieran para acudir. Preparábamos con ella el equipo, con ayuda a veces de las pacientes mamás; acudíamos al lugar de encuentro y, tras el recuento y las novedades de rigor, tomábamos el medio de transporte que nos debía acercar al objetivo; en trenes y autobuses de línea cantábamos a más y mejor, y la alegría presidía aquellos prolegómenos a la andadura, la ascensión, la acampada, el recorrido previsto.
Durante la marcha, sobre todo si la caminara era dura o bajo inclemencias meteorológicas, solíamos pensar aquello de quién me habrá mandado meterme en esto, pero, al volver al Hogar y repasar la peripecia, nos sentíamos tan ufanos como si hubiéramos realizado una hazaña. Con el tiempo, las marchas más recordadas, objeto de reminiscencias añorantes, eran precisamente las más dificultosas.
Pero la marcha no era solo un recorrido o una acampada; en ella tenían lugar diversas actividades, tanto específicamente deportivas (juegos, supuestos tácticos, franqueamientos, prácticas de instalaciones utilitarias…) como las charlas de formación, de orientación, de normas de estilo, de canciones… Eran como una mini-jornada de campamento en un fin de semana, donde nos curtíamos y vivíamos nuestro ambiente peculiar, el de estar al aire libre, bajo la noche clara y en lo alto las estrellas.
Claro que las marchas se adecuaban a la época del año, a la edad y a la experiencia de los participantes; así, una instrucción provincial vetaba la acampada para flechas en los meses de invierno y fijaba las marchas de un solo día para este grado; no para el arquero (recuérdese que se trataba de afiliados de 14 a 16 años) y no digamos para el cadete, ya avezado a otro tipo de marchas montañeras de mayor grado de dificultad y de intrepidez.
Seguro que todos nos acordamos de aquella marcha en la que…, y añoramos aquellos años en que podíamos y queríamos cargar con el macuto y calzar las botas de siete leguas. Confío en que siga habiendo afiliados que sientan lo mismo que nosotros, aun en medio de una sociedad cuyos referentes son muy distintos a los nuestros.
MPC. |
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