Editorial. Trocha nº 203. Mayo de 2019
O, si se prefiere en español castizo, los bulos, las noticias falsas que recorren las redes y tampoco dejan de asomarse, como vemos a diario, en televisiones y prensa escrita.
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Cualquiera puede ser su blanco y, frente a ellas, cabe confiar en el triunfo definitivo de la verdad, que siempre termina por imponerse.
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Todas tienen su intencionalidad, quién puede dudarlo, y, al modo de dardos envenenados, se clavan, no solo en sus destinatarios, principales objetivos, sino especialmente a las gentes crédulas, ajenas a la funesta manía de pensar, que suele ser una gran mayoría.
Son el instrumento preferido de los miserables, que añaden a la falsedad el pecado de la murmuración, calificada sabiamente como el arma de los cobardes; no es extraño que, en una época como la nuestra, ocupen un lugar preferente entre las técnicas de desinformación y de propaganda. Cualquiera puede ser su blanco y, frente a ellas, cabe confiar en el triunfo definitivo de la verdad, que siempre termina por imponerse, y, si se dispone de medios que puedan competir con los de los insidiosos y calumniadores, acudir a ellos con todas las fuerzas; aquí se puede aplicar aquel antiguo dicho escocés: Reza a Dios y asegúrate de que está bien seca la pólvora de tu mosquete. Las fake news no solo se aplican al presente, sino que también es objetivo de ellas el pasado, por muy remoto que sea, cuando no conviene a los intereses de los salaces propagadores; no existe el tiempo para los falseadores de la realidad, que es la que fue y no otra. La manipulación y la tergiversación de la historia está al orden del día, de acuerdo con aquella ladina conseja de que dominar el pasado es hacerse dueño del presente. Quienes tenemos detrás una historia digna, a la que no renunciamos ni de la que nos avergonzamos al modo de los pusilánimes, los timoratos y los cucos, tenemos la obligación moral de defenderla con uñas y dientes, por muchas que sean las fake news (o los silencios ominosos) que busquen su descrédito aprovechando la ignorancia del común. El conocimiento y la inquietud por el estudio deben unirse a la capacidad de reflexión y al sentido crítico, para pasar por el tamiz todo bulo, insidia, mentira descarnada y cualquier forma de falsificación. |
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