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martes, 4 de junio de 2019

El espectador

Opinión. Manuel Parra.

Mi cualidad de espectador o de guaita, si pasamos de lo orteguiano a lo orsiano implica ganar en interés por tus aficiones (…) e irlo perdiendo por otros temas.


Viñeta de El Roto




Ante esos valores e ideales uno no puede limitarse al papel de espectador, sino que se siente impelido a la participación, a la actividad, a la acción racional, al diálogo constante con quien tenga capacidad y disposición para lo mismo. Quizás por eso me considero humildemente un francotirador de la pluma...




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Una de las ventajas de estar jubilado es la de pasar a un papel secundario de espectador, algo experimentado eso sí, de bastantes cosas que te rodean y te asaltan; la segunda ⎼si es que se le puede llamar ventaja es la no dar abasto en cuanto a ocupaciones gratificantes, obligaciones sobrevenidas y deberes autoimpuestos; que conste que esto no es un lamento, sino una explicación de lo que sigue.

Mi cualidad de espectador o de guaita, si pasamos de lo orteguiano a lo orsiano implica ganar en interés por tus aficiones (la montaña, la lectura, la escritura, la música…) e irlo perdiendo por otros temas (la política al uso y sus zancadillas, los chismes sociales, el cine de Almodóvar…). En todo caso, ese carácter expectante precisa de un agudizamiento de la capacidad de reflexión pausada, de plasmar tus opiniones sin precipitación y de mantenerte a una cierta distancia que te permita abarcar los panoramas del modo más completo posible.

Dejo para el último lugar el rasgo del posible apasionamiento por los objetos atendidos y observados; puede variar según el estado de ánimo o las circunstancias, pero jamás ha de permitir descender hasta la duda de lo que es esencial, a la desesperanza ante las contrariedades o al abatimiento y de la desarboladura de valores. Porque una cosa es estar jubilado y otra muy distinta sentirte viejo, en el sentido que decía Douglas Mac Arthur: Uno no se vuelve viejo por haber vivido un cierto número de años: se vuelve viejo porque ha desertado de los ideales. Los años arrugan la piel, pero renunciar a un ideal arruga el alma. No en vano son palabras de un pensador y escritor-soldado, que podían haber sido dichas por D. Martín Vázquez de Arce, Garcilaso, Ercilla o Rafael García Serrano, pongamos por caso.

Ante esos valores e ideales uno no puede limitarse al papel de espectador, sino que se siente impelido a la participación, a la actividad, a la acción racional, al diálogo constante con quien tenga capacidad y disposición para lo mismo. Quizás por eso me considero humildemente un francotirador de la pluma…

Por supuesto, ocupan un primer plano los que se refieren a la esfera trascendente y religiosa de la vida, el acudamos a lo eterno de Calderón; no puede haber ni un ápice de escepticismo, relativismo, titubeo o cerrazón ante el misterio y la cercanía de Dios, y ello por encima del laicismo casi obligatorio y de un sector el clero, todo sea dicho.

Le sigue en importancia lo que llamé en un artículo anterior el Concepto y la Idea de España por lo que fui amablemente acusado de platonismo por un lector cercano; la desazón y el dolor de España, leit motiv de tantos egregios pensadores, es acicate del amor que se siente ante coyunturas absurdas y difíciles que no sugieren soluciones a corto plazo.

Y, en síntesis indisoluble con lo anterior, el anhelo por vislumbrar nuevos caminos que lleven a mejores cotas de justicia y de libertad en la sociedad, precisamente en un momento en que unos cifran a esa España en datos macroeconómicos y financieros y otros se desentienden de las necesidades materiales, culturales y espirituales de las gentes para dedicarse a implantar, velis nolis, antropologías falaces y otros trampantojos, quizás porque en el fondo van de la mano de los anteriores en sus objetivos últimos.

En la misma línea, no puedo limitarme al papel de espectador impasible ante el Tiempo y la Historia, porque veo en ellos una continuidad indivisible con el presente, al que me niego a atribuir el valor absoluto de un carpe diem egoísta o desesperanzado, que constituye la prédica constante que se hace sobre los jóvenes de cuerpo para que sean a la vez ancianos de alma.

En suma, no quiero ser mero espectador ante los retos de una constante búsqueda de la Verdad, el Bien y la Belleza (¿hay diferencia sustancial entre los tres conceptos?), y me siento profundamente solidario de quienes, de cualquier edad y condición, se empeñan en alcanzar estas y otras ntereses partidistas.

Quede claro que no soy un soñador despierto ni un utópico irreprimible. Cuento, eso sí, con una ventaja, que viene también maravillosamente expresada por Mac Arthur en su plagaría del padre: Dadme un hijo cuyo corazón sea claro, cuyos ideales sean altos (…); que avance hacia el futuro, pero nunca olvide el pasado.

Y, gracias a Dios, los tengo.


Manuel Parra Celaya

2 de Junio de 2019



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