Yo soy un sapo. Un precioso heredero de una corta evolución, muy cercano a tiempos remotos. Los humanos que me miran ni se preocupan de mi procedencia, ni de mi antigüedad...
Relato con motivo de la edición del núm. 200 del boletín Trocha
Relato con motivo de la edición del núm. 200 del boletín Trocha
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Entonces oí voces. Eran humanas. Cada vez más cerca. Me estremecí. Eran dos humanos jóvenes que venían hacia mí...
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...No les gusto. ¡Qué le vamos a hacer! He encontrado mi hogar cerca de esta fuente, a la que a veces se acercan los humanos. Son más pequeños y gritones de lo normal y habitan cerca de aquí y supongo que son crías de otros más grandes y silenciosos.
Hoy es un día especial para mí, pues he salido del agujero que tengo bajo una piedra y me he acercado al pequeño estanque que forma el agua que brota constante de un caño y cuya música me acompaña siempre. Esa música, además de mi mucho croar, atrajo a mi hembra que, tras una convivencia amorosa, me dijo que debía hacerme cargo del cuidado e incubación de los huevos que luego serían nuestros sucesores. Obedeciendo al mandato de mi especie, cargué entre mis patas traseras el pesado porte: unos 50 huevos redondos que dificultaban mucho mis movimientos, ya de por sí lentos. En fin… La noche era cerrada. Un lejana luz me asustaba pero el silencio de los humanos pequeños y la caída del agua me confiaron. Salí de mi hogar y avancé lentamente entre los arbustos que me protegían. Llegué a la parte alta de la fuente y no me pareció correcto arrojar mi preciado cargamento vital desde allí. Yo tenía que depositar a mis futuros hijos en el agua. ¡Vaya! Un problema añadido. Debería moverme sigilosamente durante un trecho, hasta llegar a la orilla y allí dejar el cargamento, que ya quería empezar su metamorfosis. Miré a mi alrededor, pues mis enemigos más peligrosos suelen ser las culebras y unos pájaros nocturnos con los ojos muy grandes que acechan desde los pinos. No parecía difícil. No se veía a nadie, y seguí adelante. Ya casi había llegado aunque me preocupó estar completamente a descubierto. No podría esconderme si algo pasaba. ¡Adelante!, me dije, pero entonces oí voces. Eran humanas. Cada vez más cerca. Me estremecí. Eran dos humanos jóvenes que venían hacia mí. ¡Maldita sea!. Sólo me quedaba una opción: Quedarme inmóvil, quieto, como muerto y esperar que aquellos malditos y ruidosos bípedos me ignorasen, o lo que sería mejor, que mi aspecto antediluviano les asustase. Y entonces… |
Yo era un niño ruidoso, mimado y que apenas conocía la disciplina. Era gordito e irresponsable. Cualquiera a los 10 años podía ser como yo. No era malo en el cole. Me gustaban las matemáticas y todo lo que llevase aparejado estudiar poco. Me gustaba observar a mi alrededor y saber por qué ocurrían las cosas. Mi padre me había iniciado en la lectura y ya había vivido grandes aventuras entre los libros. Últimamente había viajado por el Mundo en 80 días, había sido capitán a pesar de no haber cumplido los 15 y había cazado una enorme ballena blanca… Por una razón o por otra mis padres decidieron que debía empezar a vivir mis propias aventuras y a conocer otro tipo de disciplina en un campamento juvenil. Separarme por veinte días del entorno familiar me vendría bien para conocer otros ambientes sin la protección habitual. Costó bastante convencerme, pero después de pasar por el bazar de Ramblas 8 y comprarme un bonito uniforme, una mochila, cantimplora y lo que me pareció lo más necesario: un enorme machete, empecé a aceptar que en unos días me iría a un lejano lugar en el monte y a dormir en tienda de campaña donde todo iba a ser diferente. Así fue. Al poco estaba yo en el Campamento de Olván, formando parte de una escuadra de seis chicos como yo y durmiendo en un petate dentro de una tienda de campaña. La primera noche empecé a entender que allí tendría que comportarme de otra forma. Después de la cena y al cabo de un rato se tocó silencio. Yo no podía parar de jugar y reír. El jefe de Centuria abrió las puertas de la tienda y nos hizo salir. ¡En pijama! Nos llevó al centro del campamento y nos dijo que, ya que no estábamos suficientemente cansados, le daríamos unas vueltas al mástil. Así fue. Después de unas veinte vueltas, me di cuenta de que todos teníamos derecho a dormir y a ser respetados por los demás. Así fueron transcurriendo los días y las noches. Disfrutaba de los juegos, de las canciones. Me aficioné a hacer nudos, a subirme a los árboles, a ir al monte. Llegué a triunfar con un chiste que conté en el fuego de campamento… Me gustaba ir al río a bañarme. Hacíamos una fila y en unos 10 minutos llegábamos a la poza donde nos bañábamos. Después íbamos a comer. Aprendí a servir a los demás y a traer la comida desde la cocina hasta la mesa, luego a recoger y limpiar mi plato y los cubiertos… ¡Y aprendí tantas cosas!… | ![]()
El jefe de Centuria abrió las puertas de la tienda y nos hizo salir. ¡En pijama! Nos llevó al centro del campamento y nos dijo que, ya que no estábamos suficientemente cansados, le daríamos unas vueltas al mástil...
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Abrí bien los ojos para que aquellos dos viesen mis pupilas verticales. En principio se asustaron. Uno, el más decidido acercó su mano mientras yo abrí la boca para amedrentarlo...
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Aquella noche no se haría fuego de campamento, pues al día siguiente había una marcha. Fuimos a cenar como todos los días al comedor, cantando y llevando el paso. Luego, cuando llegamos, nos quedamos todos en silencio y en pie. El páter bendijo la mesa y el jefe de Día ordenó: “sentaos y que aproveche”. “Gracias jefe”, respondimos con una gran fuerza. Y los proveedores, yo fui uno de ellos, nos acercamos a la cocina a traer la comida.
La cena iba a empezar con una sopa que tuve que servir. Luego alguien dijo que se había acabado el agua del botijo, (también aprendí el uso y conocimiento del botijo), y me levanté para ir a la fuente a llenarlo. Era un pequeño paseo de cinco minutos, pero por la noche siempre íbamos dos. Y allí empezó todo… Me puse todo lo feo que pude. Abrí bien los ojos para que aquellos dos viesen mis pupilas verticales. En principio se asustaron. Uno, el más decidido acercó su mano mientras yo abrí la boca para amedrentarlo, pero ¡ca! Aquel maldito humano me agarró y me apretó entre sus manos. ━Mira que bicho he cogido
━Es un sapo. Un sapo partero. Es horrible. Déjalo y vamos que ya está lleno el “canti”.
No lo dudé. Nunca había visto aquel ser, pero en alguno de mis recuerdos literarios creí recordar que albergaban la cualidad de convertirse en príncipes. La verdad es que yo no necesitaba un príncipe para nada. Ya no se cabía en la tienda. ¡Cómo para uno más! Pero para eso había que besarlo y yo no lo iba a hacer. Y me lo guardé en el bolsillo… Llegados al comedor, nos sentamos a la mesa. Nuestros comensales habían esperado a empezar la sopa por cortesía. ━Enséñale a nuestro jefe de Escuadra lo que llevas en el bolsillo. Yo mantenía mi mano en el bolsillo en contacto con la piel húmeda y rugosa de mi sapo.
Y lo solté para que todos lo vieran.
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Por fin salí de aquel lugar tan oscuro y angosto. Había mucha luz. Estaba encima de una mesa y rodeado por muchos humanos gritando. Tengo que reconocer que me asusté mucho e intenté salir saltando. Caí en un líquido caliente. ¡Aj!. Di otro salto. ¡Uff!. Mas líquido caliente. Otro salto. Se acercaron y se agolparon a mi alrededor muchos de aquellos bípedos gritando como locos…. Mi captor me agarró de nuevo y me introdujo de nuevo en su bolsillo. ¡Menos mal! Se hizo el silencio después de que el jefe de Día tocase repetidamente su silbato. Se acercó a nuestra mesa apartando a todos los que se habían acercado curiosos. ━¿Qué pasa aquí?
Al principio no me atreví a decir nada y por camaradería, nadie dijo una palabra, pero entendí que debía enfrentarme a lo que se descubriría con seguridad enseguida.
━Ha sido culpa mía. Y me llevó ante la mesa de mandos entre un silencio expectante.
El jefe de Campamento se dirigió a mí y me preguntó, muy serio, por el motivo del escándalo. Me impresionó tanto que no me atreví a abrir la boca simplemente me metí la mano en el bolsillo.
━¡Otra vez no!. Me apretó entre sus dedos y me sacó a la luz, pero esta vez lanzándome hacia otro plato de líquido caliente. Yo salté. Esta vez de plato en plato. Me quemé varias veces el trasero y ya había depositado casi todos mis huevos en aquel extraño lugar por lo que me aventuré a escapar hacia la oscuridad cercana.
Aquel día nadie se comió la sopa. ![]() José Antonio García Irurozqui. | ![]()
Nunca supe si aquel sapo partero sería un príncipe o princesa. Siempre tuve la duda. Sí aprendí que tenía que dejar tranquilos a los animales y que, siendo parte de la Naturaleza, también lo eran de nuestro Campamento y de nuestra vida.
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Texto publicado en el boletín nº 200 de Trocha, de Febrero de 2019







