Artículo de opinión
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| Viñeta de El Roto |
Creían los antiguos que el destino de los individuos y de las colectividades estaba escrito en los astros. Decimos los cristianos que Dios, aunque siempre está presente en la historia, ha concedido a unos y a otros la libertad, y que no existen determinismos de suerte alguna. Así, cada ser humano y cada nación llevan a cabo su camino en el tiempo siempre en busca de unas metas –espirituales y materiales, culturales y políticas, económicas y técnicas– llegan a configurar su particular misión; la más elemental, a modo de premisa mayor, es encontrar los parámetros necesarios para la convivencia, las condiciones idóneas de vida en común, los individuos siempre en relación al otro y las naciones, igualmente, en referencia a las restantes del universo.
No es ajeno a esta idea el símbolo de la peregrinación: el hombre transita en la tierra hacia sus metas inmanentes y trascendentes; los grupos humanos igualmente adoptan la esclavina como vestimenta y se apoyan en bordones y se convierten en peregrinos para sus relaciones de alteridad con otros pueblos, configurando lo que alguien definió magistralmente como unidades de destino en lo universal.
Acaso el final del verano
nos depare la noticia de
que es posible que algunas
manos sostengan el timón.
De momento, España sigue siendo una peregrina a ningún lugar.
Parece que no sabemos
quiénes somos con
seguridad y no cesamos de
darle vueltas a nuestra
diletante identidad: lo local
sigue prevaleciendo sobre el conjunto. se nos han desdibujado radicalmente, no ya aquellos posibles signos en los astros, sino las convicciones esenciales de que caminamos juntos hacia algún lugar determinado. Nuestra peregrinación como nación es hacia ningún lugar.
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Sin embargo, cualquier peregrino puede errar el camino; desorientado, da vueltas sin sentido y emplea jornadas y jornadas sin encontrar las señales que le orienten, cayendo de esta forma en el cansancio y, aun, en el agotamiento; este cansancio ya se ha producido en el pueblo español con respecto a la política.
Me dicen los medios estos últimos días que se están dando síntomas de aproximación entre los partidos en litigio, en este largo recorrido hacia una posible investidura que proporcione a España unos mínimos de gobernabilidad, tras dos comicios en que se ha demostrado suficientemente la dispersión de los ciudadanos y, por ende, la de todo el cuerpo nacional para encaminarse hacia el cumplimiento de unas tareas históricas. Se suceden ahora las estrategias sibilinas, las jugadas –mal llamadas maquiavélicas– para llevar el agua a cada molino. Acaso el final del verano nos depare la noticia de que es posible que algunas manos sostengan el timón. De momento, España sigue siendo una peregrina a ningún lugar.
Se me ocurre, con todo, que esta situación no es más que una prolongación de un largo proceso de esterilidad histórica; otros pueblos europeos, con los vaivenes lógicos de las circunstancias políticas, no tienen dudas en cuanto a lo fundamental en su peregrinación en la historia: su propia identidad como tales pueblos y las constantes básicas de su tradición hermanada con el necesario y natural progreso.
Nosotros no. Parece que no sabemos quiénes somos con seguridad y no cesamos de darle vueltas a nuestra diletante identidad: lo local sigue prevaleciendo sobre el conjunto; cada pequeña aldea se afirma en su individualidad, procurando que sea lo más discordante posible con respecto a la localidad vecina y a la totalidad; surgen voces vergonzantes o interesadas para que predomine lo exótico adversario frente a lo heredado, en clara actitud suicida. Y, como consecuencia, se nos han desdibujado radicalmente, no ya aquellos posibles signos en los astros, sino las convicciones esenciales de que caminamos juntos hacia algún lugar determinado. Nuestra peregrinación como nación, insisto, es hacia ningún lugar.
Nosotros no. Parece que no sabemos quiénes somos con seguridad y no cesamos de darle vueltas a nuestra diletante identidad: lo local sigue prevaleciendo sobre el conjunto; cada pequeña aldea se afirma en su individualidad, procurando que sea lo más discordante posible con respecto a la localidad vecina y a la totalidad; surgen voces vergonzantes o interesadas para que predomine lo exótico adversario frente a lo heredado, en clara actitud suicida. Y, como consecuencia, se nos han desdibujado radicalmente, no ya aquellos posibles signos en los astros, sino las convicciones esenciales de que caminamos juntos hacia algún lugar determinado. Nuestra peregrinación como nación, insisto, es hacia ningún lugar.

Manuel Parra Celaya
